Frankenstein, del National Theatre en Cineco Alternativo: el verdadero monstruo es la soledad

La adaptación teatral de la novela de Mary Shelley, dirigida por Danny Boyle y protagonizada por Benedict Cumberbatch y Jonny Lee Miller, transforma una historia de terror en una reflexión sobre el rechazo, la responsabilidad y la necesidad de ser amado.

Hay historias que nos asustan por lo que muestran y otras que nos inquietan por lo que revelan de nosotros mismos. Frankenstein, en la puesta en escena del National Theatre dirigida por Danny Boyle, pertenece a la segunda categoría. Lo que comienza con el nacimiento de una criatura extraordinaria se convierte, poco a poco, en una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando alguien llega al mundo buscando amor y solo encuentra rechazo?

Estrenada en 2011 y filmada para su exhibición en salas de cine, esta adaptación del texto de Nick Dear, basado en la novela de Mary Shelley, tiene en Benedict Cumberbatch y Jonny Lee Miller a dos intérpretes que llevan la historia mucho más allá de sus convenciones góticas. Ambos alternan los papeles de Victor Frankenstein y su criatura, una decisión que enriquece la experiencia y permite descubrir cómo cambian nuestras percepciones según quién ocupa cada lugar. 

Una criatura que solo quería pertenecer

Uno de los mayores aciertos de la obra es la manera en que presenta a la criatura. Antes de convertirse en una figura temible, es un ser que descubre el mundo sin entender sus reglas, que aprende a nombrar las cosas y que experimenta la belleza con el asombro de quien lo ve todo por primera vez. Hay algo profundamente humano en esa mirada: la necesidad de comprender, de establecer vínculos y de encontrar un lugar propio.

En la interpretación de Cumberbatch, esa vulnerabilidad se expresa a través de un trabajo físico extraordinario. Sus movimientos, su voz y sus gestos construyen a un personaje que parece aprender a habitar su propio cuerpo mientras intenta entender por qué los demás lo miran con miedo. Su dolor no nace únicamente de su apariencia, sino de descubrir que el mundo puede juzgarlo antes de conocerlo.

Miller, por su parte, ofrece una energía más visceral, en la que la inocencia inicial convive con una rabia cada vez más difícil de contener. Las dos interpretaciones exploran caminos distintos hacia una misma tragedia: la transformación de alguien que busca afecto y termina convencido de que solo puede obtener reconocimiento a través del sufrimiento que causa. 

El creador y la responsabilidad de dar vida

Pero Frankenstein no es solamente la historia de una criatura abandonada. También es la de un hombre incapaz de asumir las consecuencias de su creación.

Victor Frankenstein representa la ambición que se adelanta a la conciencia. Fascinado por la posibilidad de vencer los límites de la vida, consigue aquello que parecía imposible, pero fracasa en algo esencial: hacerse responsable de ese nuevo ser. Su abandono es el primer acto de una tragedia que después intenta atribuirle a su propia criatura.

La relación entre ambos plantea una pregunta que sigue siendo vigente: ¿somos responsables de aquello que ponemos en el mundo, incluso cuando sus consecuencias escapan de nuestras expectativas?

La pregunta adquiere una dimensión especial en una época fascinada por los avances tecnológicos. Crear no es necesariamente comprender; tener la capacidad de hacer algo tampoco significa estar preparados para afrontar lo que viene después.

Una puesta en escena que se siente en el cuerpo

La dirección de Danny Boyle convierte el escenario en un espacio de nacimiento, descubrimiento y destrucción. La iluminación, el movimiento, la música electrónica de Underworld y la disposición escénica construyen una experiencia que aprovecha los recursos del teatro sin perder fuerza en su versión filmada. 

La cámara, además, permite acercarnos a los rostros y los gestos de los actores, haciendo visible una intimidad que en una sala de teatro podría percibirse de otra manera. El resultado no es simplemente el registro de una función: es una forma de acercar el lenguaje teatral a quienes no tuvieron la oportunidad de verla en vivo.

Y aunque la obra tiene momentos de gran intensidad visual, su mayor efecto no depende de lo espectacular. Está en la incomodidad de contemplar el sufrimiento de alguien que no eligió nacer y que, sin embargo, debe enfrentarse a las consecuencias de existir.

Cuando el monstruo deja de serlo… Veredicto SeTechNota

Quizá lo más doloroso de Frankenstein sea descubrir que la criatura no nace siendo un monstruo. Se convierte en uno mientras intenta responder a una sociedad que le niega cualquier posibilidad de pertenecer. Esto no justifica la violencia que llega a ejercer, pero sí nos obliga a mirar más allá de ella.

Mary Shelley escribió una historia que, más de dos siglos después de la publicación de su novela, continúa interpelándonos. ¿Cuántas veces hemos confundido lo diferente con lo amenazante? ¿Cuántas veces hemos apartado a alguien sin preguntarnos qué hay detrás de su comportamiento? ¿Qué parte de la crueldad que condenamos puede haber comenzado con una experiencia de abandono?

La obra no ofrece respuestas sencillas. Su fuerza está, precisamente, en mantener abiertas esas preguntas y en recordarnos que la compasión no consiste en justificarlo todo, sino en intentar comprender antes de juzgar.

Frankenstein es una experiencia teatral intensa, visualmente poderosa y emocionalmente perturbadora. Las interpretaciones de Benedict Cumberbatch y Jonny Lee Miller, junto con la dirección de Danny Boyle, convierten el clásico de Mary Shelley en una reflexión sobre la soledad, los límites de la ambición y la responsabilidad que implica crear y cuidar.

Es una obra recomendable para quienes disfrutan del teatro que va más allá del entretenimiento y deja preguntas rondando después de que termina. Porque, al final, quizá el verdadero horror de Frankenstein no sea la existencia de una criatura que parece imposible, sino la facilidad con la que los seres humanos podemos negarle a otro, a alguien diferente, la oportunidad de ser reconocido como uno de nosotros.

Y tal vez esa sea su pregunta más sensible y más difícil: ¿qué habría sido de la criatura si alguien, en lugar de huir de ella, se hubiera quedado a conocerla?

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